Sarita vive sola a dos casas de mi apartamento. Puedo observarla desde la ventana cuando sube a su terraza con la colada. No tuvo hijos, y siempre fue tan cariñosa con los niños que desde pequeñas mi hermana y yo, la adoptamos como abuela postiza. Ella niega necesitar ayuda; si no fuera porque sabemos la edad, su energía y lucidez engañarían a cualquiera.  A menudo dice que cada arruga tiene algo que contar, como las joyas o la ropa antigua.

Recuerdo cuando me relató la historia del vestido fruncido gris con trenzas oro.  Había sido el vestido de compromiso que usó su hermana mayor Rajela antes de la deportación. Finalizada la guerra, unos vecinos que lograron guardar algunas pertenencias, se lo devolvieron a Sarita, que emergió de su refugio y regresó al hogar. 

 Siempre que afronta una situación complicada,  mi abuela  prepara el vestido. Lo lava, rearma las trenzas del escote y lo cuelga al sol, sabiendo que pronto todo acabará y podrá sentirse nuevamente liberada…

El vestido está danzando con soltura para un lado y para  otro por la amplia terraza. 

Las mangas suben y bajan asimétricamente; de a ratos se alzan a la par. Se mueve tan enérgico como si fuera una rama de árbol golpeando desesperada en una noche de tormenta. 

Sarita sigue en el hospital. Mientras la espero, contemplo su terraza y aquel vestido de compromiso –con la vida misma- que intenta no desprenderse de la única pinza que lo sujeta fuerte a la cuerda del tendal.    

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